MODELOS DE TEXTOS
COMENTARIO DE TEXTO
 


  • Práctica

Te proponemos que pongas a prueba tu habilidad con los comentarios de texto mediante esta propuesta de práctica. El texto del que tienes que hacer el comentario está íntimamente relacionado con el artículo de Antonio Muñoz Molina que inspirara el comentario del ejemplo.

Artículo de Javier Marías (El País, 2/05/95)

Y encima recochineo

(Nota previa: la susceptibilidad de la vida española es tal que cualquier discrepancia sobre cualquier asunto parece un casus belli y una afrenta personal. Por ello nada me alegra tanto como poder disentir sobre asuntos cinematográficos con un escritor a quien aprecio y con cuyas opiniones a menudo estoy de acuerdo. Íbamos perdiendo la costumbre de discutir sin más).

Hace ya algún tiempo, recuerdo que Antonio Muñoz Molina se indignó en un artículo por la escena de la película Kika , de Almodóvar, en la que se presenta la violación de una mujer en tono de farsa, incluso con elementos abiertamente cómicos; quizá, más que la escena misma, le irritaba la reacción que había observado en el público, esto es, que en efecto riera la gracia cuando ante semejante violencia y delito nadie debería esbozar ni media sonrisa. Ahora le ha indignado globalmente Pulp fiction , de Tarantino, por su “inhumana falta de piedad o de compasión”, por su “incapacidad aturdida y embrutecida de comprender el dolor y, por tanto (?), de crear personajes” (la interrogación es mía). Y de nuevo parece que lo más grave sea la reacción de los espectadores, que, por así decir, se toman a la ligera las atrocidades que se le van relatando y ríe, más que ante ellas, en medio de ellas.

Me extraña que en esta clase de condena se le haya pasado por alto algo que podría haber considerado igualmente alarmante: que el espectador adopte el punto de vista o se identifique con los asesinos a sueldo; que, utilizando la expresión infantil, “vaya con ellos” en la película, tema por su suerte y por su destino, desee que no les ocurra nada malo. Y que, lejos de aplaudir la muerte de John Travolta –un sicario–, esté en un tris de lamentarla.

Esta manera de ver cine (o de leer novelas) a mí me parece un poco elemental, pero sobre todo me parece moralista y no muy alejada de la óptica con que las asociaciones de espectadores más conservadoras intentan (y van consiguiendo) censurar los contenidos de la televisión, se trate de películas, anuncios o programas. Y lo peor de esta actitud en el presente caso son las cortapisas que pudiera acarrear a uno de los géneros más nobles y más antiguos, la comedia. Pues detrás de esa actitud está la idea de que con ciertas cosas no se puede bromear bajo ningún concepto, cuando justamente el mayor interés de la comedia estriba en poder bromear con aquello que, en efecto, en la vida real no admite guasa. Hacer chanzas sobre lo que ya es de por sí gracioso, o inocuo, puede ser muy divertido, pero no suele implicar ningún riesgo y tiene un mérito relativo, y en modo alguno es catártico. Bromear sobre lo más serio y grave, sobre lo más trágico o abominable, es a veces muy arduo, pero en cambio puede ser de gran ayuda. No se trata sólo del aspecto desdramatizador, sino de la comprensión de las atrocidades. Compresión no quiere decir aprobación, conviene subrayarlo. Una de las virtudes de la representación, sea cinematográfica, teatral o novelística, es que al espectador o lector se le permite asistir a los acontecimientos, también a su anterioridad y a su posterioridad. No se le invita a juzgar –o no se debería–, como se le pide que haga en un juicio o incluso ante la noticia leída en un periódico, siempre escueta y siempre atenida exclusivamente a los hechos, sino que se le propone ver cómo sucedieron esos hechos, cómo fueron posibles, qué clase de individuos los cometieron, es decir, cómo eran esos individuos antes y después de ellos, no solamente durante ellos, que es de lo que en cambio se ocupan tanto los tribunales como la prensa. En el arte no se trata de absolver o condenar a nadie (bueno, sí en el mal arte de tesis), sino de comprender mejor el mundo precisamente porque se asiste a su transcurso.

Hitchcock, en Psicosis , nos hizo adoptar el punto de vista de una ladrona primero y después de un psicópata asesino, y no creo que lo hiciera por frivolidad o capricho, sino como demostración de que nuestra integridad moral es siempre subjetiva y ambigua, y de que la frontera entre lo que creemos que haríamos y no haríamos es más difusa de lo que pensamos normalmente. Puede que nos ayudara a conocernos mejor, o, si se me apura, a estar más en guardia. Chaplin posibilitó en El gran dictador que nos riéramos con Hitler, no sólo de Hitler, y no creo que por eso ningún espectador saliera del cine pensando con mayor simpatía o benevolencia hacia el Hitler real (presuponer que el público no distingue entre realidad y ficción es despreciarlo). Enfadarse porque en Kika aparezca una violación con elementos de comicidad (pero no sólo, también de horror mezclado) obligaría a condenar también Un pez llamado Wanda , del viejo maestro de la comedia Crichton, porque una de sus recurrencias más cómicas era la muerte violenta e involuntaria de los perrillos de una señora. O a execrar aquella obra maestra de Capra, Arsénico por compasión , porque el asesinato de un montón de personas por parte de dos ancianitas encantadoras (tías de Cary Grant) aparecía a una luz indudablemente frívola y lene. También llevaría a abominar de las películas de Tom y Jerry, en las que el ratón y el gato son planchados, triturados, machacados infinidad de veces. Y, por supuesto, conduciría a detestar el Quijote , como de hecho lo detestó Nabokov en una reacción puritana y simplista, impropia de un hombre tan agudo en tantas otras ocasiones, en sus Lectures on don Quixote : le parecía un libro cruel, brutal y desagradable, en el que los personajes hacían de continuo el ridículo, eran objeto de bromas feroces (también a cargo del autor) y recibían manteos y palizas a cada episodio. Pero por lo menos alcanzó a ver que esa violencia era irreal, retórica, sin secuelas ni verdaderas consecuencias: Don Quijote y Sancho, como Tom y Jerry, se levantaban bastante ilesos tras ser tundidos a palos y proseguían su marcha y sus diálogos incomparables.

No en otra tradición están, a mi modo de ver, los diálogos de los dos asesinos a sueldo de Pulp fiction , John Travolta y Samuel L. Jackson. Travolta muere, pero es “resucitado” mediante un flash-back , por lo que su muerte resulta igualmente irreal y sin consecuencias ni secuelas. Que “unos tipos simpáticos”, como los llama Muñoz Molina (quizás lo que le molesta es que se lo resulten pese a todo: quizá debería enfadarse consigo mismo y no con la película), lleven a cabo su odiosa tarea sin piedad y con automatismo no me parece inverosímil (debe de haber gente así, y no está mal que lo sepamos). Y puestos a mirar el arte desde la moralidad, incluso encuentro más honrado por parte del director mostrarlos así y no atormentados por una falsa piedad hacia sus víctimas, como han hecho tantas novelas y películas a lo largo de la historia. Desde ese punto de vista moral, más tramposo y connivente me parece mostrar la tortura y el remordimiento anticipado de un verdugo en el momento de ejecutar a su víctima que hacernos ver su falta de compasión. Lo primero lo haría más humano y por tanto menos condenable. Estoy absolutamente convencido de que a la víctima poco le importará que su asesino le mate à contrecoeur o con satisfacción, entre lágrimas o carcajadas, sufriendo o gozando por ello: para la víctima, el resultado será el mismo. Pero aún es más, estoy seguro de que si ve a su verdugo padeciendo al apretar el gatillo, a todos sus demás sentimientos de miedo, cólera, injusticia y supongo que odio se añadirá uno impensado de irritación (“y encima recochineo”), porque quien compadece a su propia víctima en el momento de ajusticiarla en realidad se está compadeciendo tan sólo a sí mismo.

 

Bibliografía y vínculos

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